Cartas sin destino
«Miro entre las rejas de mi infancia, los viejos posters de aquel cuarto, la vidriera llena de gotas, los vecinos y la temeridad»
Los fragmentos en cursiva de este post, pertenecen al tema “En los árboles”, de El Último de la Fila, canción que inspira y vertebra este relato. A su bajista, Antonio Fidel, tuve la suerte de conocerlo personalmente durante el final de mis últimos agostos en Cartagena. Gracias a la música, a las cartas y a todas las personas que me aportaron algo en la vida.
“A veces escribo cartas para no sentirme atado, para no aferrarme a remilgos que yo quisiera abolidos de mi vida. De mi vida”.
Desconozco la cantidad de cartas que pude llegar a escribir en los años noventa, pero os aseguro que si no fueron varios miles, poco faltaría. En aquella época me dedicaba, entre otras cosas, a elaborar un fanzine. Lo llamé, y no sé por qué, «Komida para hormigas», sí con K. En él publicaba entrevistas a muchos grupos musicales que yo mismo les hacía mediante cartas y ya de paso plasmaba entre sus páginas algunos textos incendiarios que se me pasaban por la cabeza. Después de los años, siento que me comporté como un puto algoritmo, aunque todo el trabajo partía desde una perspectiva completamente altruista. Do It Yourself/Non Profit, “hazlo tu mismo/a”. Fue una de mis humildes aportaciones al circuito musical que ya proliferaba en el estado.
Lo curioso y el motivo de hacer el relato de hoy no es el fanzine, ni las entrevistas, ni siquiera los textos, ni la música, sino que la gran mayoría de esas cartas que escribí en mi adolescencia las envié a personas concretas, pero hubo una pequeña cantidad de ellas que nunca supe a quién se las escribía. Quizá eran para mí mismo, una especie de diario con alas, tal vez, pero nunca lo supe.
“Y pinto de colores los sobres. En el remite soy un enigma. Espero siempre una respuesta para sentirme querido como los niños chicos.”
A los sellos les ponía pegamento en barra por encima para que el sello de correos no los inutilizara, y así lavándolos con agua iban y venían reutilizados. Y como mucha gente relacionada con el arte y la cultura en aquella época, tuve un poco de pedrada homérica; para todas las cartas elaboraba sobres muy llamativos, algunos decorados con recortes de revistas que tenía mi madre. Con algunos sobres no me esmeraba tanto; los pintaba con cualquier tipo de pintura y en el remite siempre inventaba algún personaje absurdo: un viajero del futuro, un vagabundo que dormía en una cabaña a orillas de la riera Gavarresa o alguien perdido que no encontraba su lugar. En el destinatario inventaba cualquier nombre y una dirección al azar, pensando siempre en si alguien sería capaz de encontrarme. Era como embotar mensajes en botellas y lanzarlos al mar.
Vivir pendiente del buzón durante semanas me daba cierta sensación de felicidad; era tal la cantidad de cartas que iban y venían que el cartero acostumbraba siempre a atarlas con una goma antes de entregarlas a mi madre porque no cabían en el buzón. Aunque yo sabía sobradamente que, respecto a las cartas con remites y destinatario inventados, nunca llegaría el ansiado encuentro. Y ahí estaba para mí lo interesante.
“Mensajes que llegaran, papeles envolviendo una piedra. Mensajes de cariño que rompieran el cristal de mi cuarto. Quién pudiese ingerir un fármaco precioso... Convertir en realidad todos esos sueños”.
Escribir y leer cartas tiene algo entrañable, muy personal y humano, y por qué no; algo de psicología que ya hemos olvidado. La caligrafía, los tachones, el pensar y crear una frase en la cabeza y plasmarla e incluso escribir sin pensar como manteniendo una conversación. Qué queda de aquellos bolígrafos con los que escribías mejor y con más agilidad… Hoy día, tecleamos mensajes sin parar, mensajes huecos, fríos y vacíos. Somos como loros locos. A veces he llegado a pensar que hoy en día nos limitamos a hablar, a decir lo que otros han pensado por nosotros. Poco a poco perderemos esa capacidad tan maravillosa que es la de pensar y crear.
De las cartas que más me han marcado por algún motivo concreto, recuerdo una muy corta e inusual que nunca leí, pero nunca olvidaré —y de la que os voy a hablar brevemente al final de este post— y otras correspondencias que duraron varios años y terminaron diluyéndose en el tiempo. Os voy a contar esos dos casos porque para mí fueron excepcionales:
Ese verano coincidí en unas colonias con Judith y su hermano mellizo Álex. Durante un par de cursos habíamos ido juntos a la misma clase; sus padres cambiaban frecuentemente de casa, imagino que por cuestiones de trabajo, nunca lo supe, y en mi instituto ellos solo estuvieron esos dos años, que ya fue mucho. Durante los dos cursos apenas habíamos hablado; en cambio, los quince días de colonias hablamos y reímos como nunca y hasta nos sentábamos juntos para desayunar, comer o cenar y tratábamos de coincidir juntos en las actividades que se realizaban. Judith tenía un libro de la editorial Timun Mas, de la saga aquella de “Elige tu propia aventura”; yo no conocía esa editorial. Gracias a Judith y a ese libro que me regaló, encontré otra manera de entender la literatura de fantasía. Las colonias tocaron fin. Nos dimos las direcciones para cartearnos y nos despedimos. Antes se hacía así. Siempre los recordaré sonrientes, despidiéndose desde el coche de sus padres, diciéndonos mutuamente adiós con la mano. Ese mismo día, cuando llegué a casa, les escribí una extensa carta sincerándome por lo agradables y bonitos que habían sido aquellos días gracias a ellos, pero cuando ya tenía hecho el sobre con retales de revistas y la carta dentro, no encontré por ningún sitio la hoja en la que había anotado su dirección. Me llevé tremendo disgusto. Menos mal que ellos sí habían anotado bien la mía y a las pocas semanas recibí con ilusión una carta de Álex y Judith. Ambos coincidían conmigo en lo bien que lo habían pasado esos días; enfatizaban que habían sido muy extrovertidos gracias a una fuerza sobrenatural (jajajaja). Judith repetía con insistencia que odiaba cambiar de residencia tan habitualmente, pero que era una suerte poder escribirnos. Tras leerla, volví a escribirles de nuevo respondiéndoles y metí la misiva anterior en el mismo sobre. Así, carteándonos, pasaron unos cuatro años, a pesar de que cambiaron varias veces de domicilio. En la última carta que recibí de ellos, el remite indicaba solo Judith; la remitía desde Iron Mountain, Michigan, en Estados Unidos. Con el tiempo dejamos de escribirnos. Nunca más volví a saber nada de ellos.
“Cartas que me dijesen cosas bonitas, como que vendrás a maullarme de contraseña en la madrugada bajo mi ventana. Bajo mi ventana”.
Durante un tiempo posterior, entre todas las cartas que enviaba sin destinatario real, había siempre un mucho de Judith y un poco de Álex en ellas; era como una fantasía. A pesar de que inventaba los remites de gente que no existía, imaginaba que algún día alguien aparecería de verdad, ellos por ejemplo. De hecho, en las cartas daba pistas, señales para que alguien que fuera capaz me encontrase. Señales que solamente reconocería quien me hubiese leído. Evidentemente, nunca llegó nadie a buscarme. ¿Cómo pude ser tan feliz siendo tan tonto...?
Y ahora, os voy a contar lo de aquella carta inusual y que nunca leí.
Una vez conocí a una persona en Torrevieja. Como ya os he comentado unos párrafos más arriba, de joven estuve unos años trabajando en esa maravillosa Costa Blanca. Con esta persona nunca me carteé, no necesitábamos escribirnos porque nos veíamos prácticamente casi todos los días e incluso llegamos a ser entrañables amigos y hubo un tiempo en el que recíprocamente nos quisimos mucho hasta que se cansó de alguien como yo. Al cabo de los años volví de vacaciones a Torrevieja y una tarde, volviendo de la playa, encontré en el limpiaparabrisas de mi coche un sobre con su nombre escrito fuera y con varios folios escritos en su interior. No me lo podía creer, era una carta de aquella amiga. Bienvenida al Club de quienes escribimos cartas.
¿Qué diría en ella? ¿A qué venía ese sobre después de tanto tiempo? Me invadieron las dudas y las preguntas sin respuesta, pero no podía volver a pasar por el mal trago de despertar algo que para mí estaba ya pasado, quizá no curado del todo, y si leía esa carta, para bien o para mal, iba a despertar en mí la eterna tristeza infinita. Así que no. Bastante mal lo había pasado ya. Aquello no me olía a coliflor, pero tampoco a un campo de rosas. Tomé la carta del limpiaparabrisas y con ella en la mano miré alrededor por si mi vieja amiga estaba por allí.
Si estaba yo no la vi, pero vi un contenedor y no me dejé llevar por los sentimientos, me armé de valor, me construí otro yo y, sin leerla, la rompí y la tiré. Mis demonios siguieron durmiendo en su letargo. Siempre nos quedará ese faro, como a Julio Medem. Esa fue la correspondencia más breve que me ha pasado jamás.
“Que corriéramos campo a través, a la luz de los fulgores del alba. Chispas blancas sobre el rojo violento. Y que hiciéramos cabañas en los árboles. En los árboles”.
Con el fanzine llegué a tener, sin proponérmelo, cientos de corresponsales repartidos por lugares que algunos nunca visité. La verdad es que llegué a conocer cientos de grupos musicales de aquella época. Llenaba cajas con cintas que me enviaban: ensayos, maquetas musicales, directos inéditos… Con el tiempo y pocos medios, gracias a las correspondencias tuve un programa de radio con dos amigos. Todo eso, sin embargo, es otra historia, llena de anécdotas que merece otro momento de escritura y no unas líneas apresuradas. Así que mejor otro día os lo cuento.
Para mí, el siglo XX se llevó muchas cosas que ahora no vienen a cuento, pero también se llevó todas las direcciones, y casi sin darme cuenta yo también dejé de escribir cartas. Sé que hubo muchas personas con las que jamás nos vimos las caras, pero con las que compartí en papel amaneceres, pensamientos, viajes, anécdotas... y otras que sí que nos conocimos en persona y con quienes mantengo una estrecha relación.
Sin lugar a duda, la carta más larga que he escrito jamás ha sido y es la carta de mi vida, con la persona que amo y los frutos de nuestra relación.





Que nunca te falte tinta para escribir esta última carta. Un abrazo, Manu.
Esta última carta es la más bonita y la que más te va a marcar. La más importante ❤️❤️🫂 Y que tarde mucho en terminarse