Entre col y col, lechuga
«Vimos abrirse las flores cuyo perfume era el olvido»
La primera vez que vi a Boris y Anya, fue en la primavera de 2016. Estaba en mi huerta plantando las diferentes verduras de temporada cuando un hombre y una mujer de unos cincuenta y tantos años, ambos vestidos con ropa de trabajo, él un tipo peculiar, con bigote y descalzo, ella una mujer alta de pelo muy rubio, vinieron a presentarse. Rápidamente reconocí su marcado acento de Europa del Este:
—Hola, me llamo Boris y ella es Anya, mi mujer.
—Encantado, yo me llamo Manu ¿qué os trae por aquí?
Y, señalando con su dedo a la huerta paralela a la mía, me dijo:
—Nos han llamado desde el ayuntamiento para adjudicarnos esta parcela. ¿Sabrías decirme dónde están las tomas de agua?
—Qué bien. Así que ya tengo vecinos. Mirad, las tomas de agua son estas, pero el agua hay que sacarla del río con una motobomba. El río pasa por ahí enfrente. Para cualquier cosa que necesitéis, contad conmigo.
Boris me corrigió por cómo usaba la azada. Sonreí, pero no le agradecí la corrección. Aquí, en las parcelas, es muy común encontrar a, lo que yo llamo, las personas correctoras; es decir, las que tienen un sistema propio infalible para sembrar, plantar, cultivar, regar e incluso para usar la azada. Nos despedimos, volví a limpiarme el sudor de mi frente y seguí dándole calor a la azada. He de reconocer que con Boris me equivoqué al prejuzgarle.
El huerto
A las huertas accedemos a través de un camino junto a una pequeña acequia. Estas, se encuentran en una gran extensión de terreno dividida en una serie de rectángulos compartidos y muy distintos donde la gente cultivamos verduras y pequeñas versiones de nosotros mismos porque cada parcela evidencia nuestra rutina en ellas, nuestra manera de trabajar y la dedicación: los jubilados pasan su mayor parte del día allí, conocen todos los huertos habidos y por haber y también el tiempo que el resto de las personas pasamos en las huertas. Es muy fácil reconocer una huerta de un jubilado porque la suya estará impoluta. Las amapolas, cerrajas, verdolagas o la hierba de Santiago, parece que no se atreven a aparecer por sus tierras, las eliminan echando hostias, y los caracoles y limacos mueren envenenados. Luego estamos los currelas, los que nos levantamos todos los días para doblar el lomo en trabajos de mierda y poder llenar la nevera de casa a final de mes, los que cuando tenemos un hueco arrastramos nuestro cansancio hasta los huertos para pasar unas horas en plena armonía con nuestras verduras y nuestros vecinos. En nuestras parcelas encontramos todo tipo de gramíneas, juncáceas... Los caracoles son nuestros amigos y las mariquitas nuestras grandes aliadas comedoras de pulgones.
Literatura de huerta
Anya, la mujer de Boris, es una mujer alta y muy elegante. La verdad es que la primera vez que la vi no la imaginé con una azada o agachada plantando tomateras. Me ha dicho que en Ucrania trabajó en la televisión. Tenía un programa de repostería, supongo que algo así como aquí el Arguiñano. Boris, en su país, había ejercido de profesor en un instituto de secundaria. Ambos plantan sus verduras con mucho cuidado y paciencia, parece que le hablan a la tierra y esperan a que los frutos sean la respuesta de esta.
Con los años hemos hecho buena amistad.
—Manu, la tierra entiende. Tú tienes que aprender.
Me dijo Boris un día, cuando le pregunté si lo de hablar a las plantas era por algo.
Boris escribe, le gusta la poesía. Lo descubrí tarde y por casualidad mientras regábamos.
Estábamos descalzos, regando al atardecer. En la huerta, cuando está todo plantado, y mientras se pueda, hay que ir descalzo para conectar con la tierra. Eso me lo enseñó Boris... jajajaja... Desde que le vi que se ponía descalzo por la huerta, lo hago yo también. Me dijo que iba a escribir algo sobre ese atardecer y el sonido del agua. Me llamó la atención y me dijo que escribía sobre la vida, la naturaleza, sobre las personas que se cruzaban en su vida... y me preguntó si yo también escribía. No sé por qué, pero le dije que no, que antes sí lo hacía. Entonces soltó una carcajada y dándome toques con su dedo índice sobre mi pecho me insinuó con su peculiar acento, que le estaba mintiendo:
—Jajajaja... Manu yo te he visto en la revista del pueblo. ¿Y por qué me dices a mí que no escribes?
—Antes escribía poemas. Te mentí porque me entró la vergüenza. Aquí, en este país, hemos llegado a un nivel en el que tener un mínimo de cultura o criterio propio está mal visto. Te respondí eso por costumbre, lo hago bastante. Lo siento, Boris.
Boris asintió sonriendo. Observamos el agua desplazándose por el surco y me dijo:
—Yo escribo ahora mucho porque antes no tenía tiempo. En mi país estaba ocupado sobreviviendo.
El pastel de Anya y una historia triste
Un día, Boris me contó un breve episodio de su vida en el Donbás.
Me dijo que, en el año 2014, el propio gobierno de Ucrania utilizó artillería y aviación contra posiciones controladas por separatistas prorrusos en las ciudades de Donetsk y Luhansk. Había población civil a favor y en contra. Legítimo. Pero el gobierno decidió que no tenía que serlo. El resultado fueron miles de muertos y más de un millón de desplazados. Barrios enteros destruidos. La población civil pagó las consecuencias de una decisión estatal. Boris y Anya también pagaron un precio muy caro. Aterrador.
Aquella tarde, Anya había traído a la huerta un pastel de miel que dejó sobre una mesa de palets improvisada. Abrió una botella de una bebida potentísima, creo que era Absenta, y vertió un poco en tres vasos.
Pude sentir la tristeza en el rostro de Boris, quizá no debía haberme contado aquello. O quizá necesitaba decírmelo. Brindamos los tres. Y él siguió hablando como si pensara en voz alta mientras Anya me observaba levantando las cejas y haciendo muecas con la boca.
—Mi casa… nuestra casa, —dijo, mirando a Anya—, dejó de existir en 2014. Nuestro propio país nos estaba bombardeando.
—¿Ucrania bombardeando Ucrania?
—Así es, Manu. Nuestro barrio ya no existe. Donde antes había casas, colegios, polideportivo, tiendas, negocios, vidas... ahora solo hay escombros y recuerdos.
Preferí que no entrase en detalles. Me contó que huyeron con lo puesto y que su casa se convirtió en pasado, en ruinas, y que ya no hay vuelta atrás. Yo asentía sin saber qué decir. Asentía y cargaba con el dolor que me estaba produciendo imaginar por todo lo que habían pasado hasta llegar aquí. Boris se agachó y cogió con su mano un poco de tierra. La miró y nos la mostró a Anya y a mí:
—Aquí la tierra es distinta Más blanda. Y es buena tierra.
No supe qué responder. Tragué saliva. Se hizo un silencio bastante incómodo. Al menos, para mí, fue así.
Anya comenzó a cortar el pastel de miel. Tenía una marcada destreza al mover el cuchillo, como si fuera preestablecida mediante una coreografía o algo así. Se lo referí después de trincarme el medio vaso de absenta que me ofrecieron. Me contó que en Ucrania trabajaba en un programa de la televisión, un programa de cocina. Sonrió al contarlo, ella era la cocinera. Pasó de cocinar para gente que tenía televisión y cocina en su país, a hacerlo para gente que tenía hambre porque en España ella trabaja de cocinera y camarera en un restaurante.
Escuchar aquello me produjo cierta sensación de ansiedad que calmé comiendo pastel como si no hubiera un mañana. Estaba muy bueno. Boris y Anya lo comían despacio. Ella lo saboreaba a la vez que se mojaba los labios y daba pequeños sorbos a su vaso de absenta. No paraba de mirarme. Intuí que iba a decirme algo. Entonces, sonrió a la vez que tragaba el pequeño trozo de pastel que masticaba con lentitud y, colocándose su mano delante de su boca, dijo:
—Manu, comes como si alguien fuera a quitártelo.
Intenté sonreír mientras masticaba, pero la vergüenza que sentía tapó mi sonrisa interior. Le respondí:
—Es que alguien lo hará, Anya. Está buenísimo.
—Yo mismo, dentro de cinco minutos. —respondió Boris, con una carcajada—.
Entonces, sí, nos reímos los tres. En los huertos las risas son abono para las personas que estamos en ellas.
Filosofía de huerta
Un sábado por la mañana, mientras regábamos, Boris me habló de un poema que estaba escribiendo. Me lo explicó, pero no conseguí que lo recitara. Eran unos versos sobre una casa derrumbada, pero que en el poema sigue en pie, ajena a los bombardeos. Me gustó su explicación, aunque todavía no lo he podido leer.
—Boris, me gusta tu manera de entender la poesía.
—Escribir es una trampa, Manu. Pero es lo que nos queda. Bueno, la poesía y esto.
Me lo dijo señalando los huertos. Yo asentí con la cabeza y pensé en mis poemas abandonados en las libretas o en una carpeta del disco duro del ordenador. No le dije que yo ya había dejado de publicar poesía, que era un género demasiado serio para mí. Que, de un tiempo a esta parte, me inclino más hacia el relato porque en ellos me puedo esconder, que juego con los tiempos y que incluso me meto en ellos como narrador y como personaje. Me divierte hacerlo, aunque pueda parecer una forma de cobardía, no lo es.
De Boris y Anya he aprendido muchas cosas en todos estos años. Tanto de la huerta como de la vida. Cuando estoy en la parcela trato siempre de estar conectado a la tierra, es por lo que, como ya os he dicho, me descalzo como ellos. Ahora sé que dejar espacio entre planta y planta favorece su crecimiento, que si se ponen demasiado juntas compiten entre ellas y no crece ninguna. Hay que darles agua en su medida, y respetar a los animalillos como las pequeñas musarañas que asoman al atardecer. Que hay que observar los ciclos de la luna...
Cuando estoy con mi azada, pienso en los trabajos precarios y en el hijoputismo que hay que aguantar cada día, en la salud que se queda en las fábricas; un caro peaje que pagamos algunos. Pienso en el borreguismo y en cómo influye en las personas de bien la disonancia cognitiva de algunos psicópatas que funcionan como mandos intermedios. En el huerto no existen mamelucos de esos, aquí cada uno somos como una fibra de comunidad en un oasis a las afueras de la urbe. Nos ayudamos entre todos y aprendemos o enseñamos. Nuestra recompensa es la salud física y mental y la satisfacción de ver los frutos. Entiendo que la vida también debería de ser así. Una vida sin explotación del hombre por el hombre.
Pasan los años, pasa tu vida
Después de tantos años, Anya sigue trayendo pasteles, da igual que sea un martes que un domingo. Es su particular manera de estar, de hacer comunidad. Una vez le pregunté si echaba de menos su trabajo en la televisión.
—Echo de menos aquella cocina tan grande, pero la televisión no. Echo de menos mis calles, mis vecinos, mi casa, el olor que entraba cuando abría las ventanas por la mañana, el sol de los inviernos...
Boris me enseñó a sembrar zanahorias en hueveras. Lo mismo con las patatas. Su técnica, la que usaban en su pueblo, consiste en cortar las patatas en dos o tres trozos, en función del tamaño y de los “ojos” que tengan. Luego, se pasan los trozos por cenizas para evitar que se pudran o se los coman los hongos, eso no me quedó claro, y seguidamente hay que hacer un pequeño surco en el que introducimos los trozos a una profundidad de diez centímetros separados unos treinta centímetros entre ellos y entre surco y surco un metro de distancia. Luego se tapan con una mezcla de tierra y compost, yo le he metido arlita para que drene mejor y mantenga cierta humedad, y pasado un mes, ya tendremos las plantitas que asoman. Es entonces cuando hay que ir amontonando tierra sin llegar a tapar la planta, eso cada semana hasta crear un “caballón”.
—Aquí crecerán. No como en Ucrania, pero crecerán.
Asentí. Hay veces que no pillo sus ironías. En ese momento, la idea de que me crezcan las patatas ya me pareció suficiente.
No sé si Boris terminará su nuevo poema y tampoco si Anya volverá a cocinar frente a una cámara. No sé si yo volveré a escribir algún poema, un Haiku que hable del momento, del ahora, del ya...
A veces paso y veo a Boris inclinado sobre la tierra, hablando en voz baja. No sé si les habla a las plantas o a su hijo pequeño, el que ya no está, el que encontraron bajo los escombros en 2014 cuando ya decidieron que era hora de abandonar su país.
Yo sigo cavando la azada como lo vengo haciendo desde siempre y Boris ya no me corrige. Hay días en que me sale un surco decente y otros no. Como la vida, como la escritura. Es así de sencillo. Luego levanto la vista y veo a Anya que ha encontrado una pequeña musaraña perdida y la quiere dejar en un sitio seguro para que siga viviendo.
Este año la higuera, los ciruelos y los perales vienen cargados...
Fin de la historia.
Gracias por leer «El Substack de Manu LF».
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¡Que tengas un feliz día!🫂







Pienso probar, como ya te dije, lo de las hueveras para plantar las zanahorias; y en el huerto del colegio, probaré de ir descalzo también. Muy bonita historia. Los huertos y el campo hacen que la gente se una, a veces para ayudarse y otras veces para tener una grata conversación. Un abrazo, Manu.
Joder Manu, vaya relato. Has tardado dos semanas, pero la espera ha merecido la pena...