Llamadas ocultas
«En el instante del relámpago vi tu rostro, en su fulgor helado te reconocí»
De unas semanas a esta parte no he hecho más que recibir llamadas de números ocultos. No sé a vosotros, pero a mí antes me incomodaban. De hecho, no atendía llamadas de números ocultos.
Una vez tuve una amiga, hablo en pasado, que cada vez que se iba de fiesta y volvía a su casa le daba por llamarme a altas horas de la madrugada. Era tan pesada que terminé bloqueando su número. Entonces le dio por llamarme con llamadas ocultas. De esto hace más de dos décadas. Cambié de número y todo volvió a su ser.
Como ya os he dicho al principio, y disculpad la redundancia, desde hace unas semanas se viene repitiendo lo de las llamadas ocultas. Mi cabeza siempre me ha dicho que no coja el móvil. Sinceramente, esta vez no sé por qué motivo terminé aceptando la llamada, quizá porque se sucedían todas a una hora razonable. No lo sé, pero desde ese día que descolgué esa llamada, lo único que deseo es volver a ver en la pantalla de mi móvil “NÚMERO OCULTO” para aceptar la llamada.
¿Os preguntáis por qué?
Os lo explico:
—¿Sí?
—Ho… hola.
La voz, con interferencias, era de un chico quizá demasiado joven que tartamudeaba un poco. Insistí:
—¿Sí? ?Quién es?
—¿E… eres… eres Manu?
Tardé unos segundos en responder.
—Sí, me llamo Manu. ¿Quién eres?
Agudicé mi oído en el auricular para tratar de escuchar algo, un indicio que rompiera ese halo de misterio. Y se rompió el silencio:
—Ah, va... vale, vale.
—A ver, ya sabes cómo me llamo, pero tú, ¿quién eres?
—No... no pu... puedo decirlo.
Me respondió muy rápido. Me hizo algo de gracia, solté una carcajada y le respondí:
—¡Jajaja! Pues empezamos bien, me llamas, ya sabes cómo me llamo, pero tú no puedes decirme tu nombre.
—Ya, ya lo sé.
Estuve a punto de colgar. Debería haberlo hecho, pero había algo en esa voz... Aparte del tartamudeo, ese ritmo, el tono y la forma de tardar un poco más de la cuenta en responder. Entonces insistí:
—¿De dónde has sacado mi número?
—De… de casa.
—A ver, no me jodas, ¿de qué casa? ¿Quién cojones eres?
No contestó. Escuché un ruido de fondo que no supe identificar. El joven me preguntó:
—¿En qué año estamos?
Ahí se me hizo un nudo en el estómago. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y pude ver erizarse el vello de mi brazo. Entonces pregunté:
—Perdona, ¿qué?
—El año. Di... ¿Po… podrías decirme el año?
—2026.
Hubo un tiempo de silencio, un tiempo largo en el que solamente escuchaba su respiración y ese maldito ruido de fondo. Y entonces susurró:
—Jo... joder. Joder.
Me acomodé las gafas, me dirigí a la puerta del salón para cerrarla y volví a sentarme, pero esta vez lo hice en una silla; estaba tenso y a la espera de un buen susto. Entonces le pregunté:
—¿En qué año estás tú?
Tardó en responderme, pero lo hizo:
—En mil novecientos noventa y ocho.
Me quedé helado. Traté de tranquilizarme mirando al suelo sin despegar de mi oreja el teléfono. Respiré tratando de mantenerme cuerdo. Y respondí:
—Vale. Vamos a hacer una cosa. Si esto es una broma, no me está haciendo ni puta gracia. Si no lo es… también. Así que explícate un poco mejor.
Respiró hondo, lo pude escuchar perfectamente. Entonces me preguntó:
—¿Des... desde qué edad ves moscas voladoras en tu campo visual?
—Miodesopsias se llaman, las veo desde que era adolescente.
—Yo también.
—A ver, no me jodas. ¿De dónde has sacado mi número?
—He marcado un número que no… no debería existir todavía. Me lo encontré en una libreta.
—¿Qué libreta?
—La mía.
Se me estaba poniendo el corazón a trescientos por hora. Me levanté de la silla frotándome la frente y soplando. Miré por la ventana. La gente iba y venía. Yo tenía la maldición de acordarme de todos. ¿Qué hostias me estaba pasando? Le respondí con un tono más elevado:
—Eso no tiene sentido.
—Ya. Ya lo sé, pe... pero es ver... verdad.
—¿Y por qué has marcado?
—Porque estaba… estaba a… apuntado al lado de una frase.
—¿Qué frase?
Volvió a ocurrir el silencio largo y esos extraños ruidos de fondo. Y rompió el silencio:
—“Cuando no sepas qué hacer, llama”.
Me quedé helado. Cerré los ojos y me pasé la mano por la cara. No me creía lo que estaba pasando. Entonces me soltó una pregunta:
—¿Eso lo has escrito tú?
—Sí.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
Me seguía pasando la mano por la cara. Abrí la ventana para sentir la vida. Quería saber que no estaba en una pesadilla. Ahora pregunté yo:
—Vale. ¿Dónde estás?
—En casa.
—¿Qué casa?
—La de siempre.
—¿La de siempre? La de siempre no me sirve.
—Ya. Ya lo sé.
Sonó un fuerte golpe al otro lado. Quizá una puerta cerrándose.
—¿Estás solo?
—Sí.
Me respondió rápido, pero insistí:
—¿Seguro?
—Sí.
Otra vez ese “sí” seco e inocuo. Insistí:
—Escucha. No sé qué está pasando, pero si estás asustado…
—No estoy asustado.
Yo a su edad también mentía mal. Y ahí fue donde mis premoniciones empezaron a formar el puzle. Volví a preguntarle:
—¿Cuántos años tienes?
—Dieciséis.
Asentí, para mí, sin parar de pasarme la mano por la cara. Y seguí con las preguntas:
—Vale. Vamos a probar otra cosa. ¿Cómo se llama tu padre?
—No lo sé.
—Claro que lo sabes.
—No. Quiero decir… no... no sé cómo de... decirlo. Se fue.
—¿Y tu madre?
—Trabaja.
—¿Dónde?
—En el hospital.
En ese momento se me vino a la cabeza las tardes largas de mi adolescencia haciendo los deberes en el escritorio de mi habitación... Creo que hasta recordé el olor a hospital, a lejía, a desinfectante... Me senté de nuevo en la silla y continué preguntando:
—¿Cómo se llama el hospital?
No respondió.
—Dímelo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Po... porque si lo digo… No lo sé. Pe… pero no puedo.
Cerré los ojos un segundo. Sabía con quién estaba hablando, pero no quise reconocerlo. Quería que fuese él quien me lo dijese.
—Joder. ¿Qué tienes delante ahora mismo?
—El teléfono.
—¿Cómo es?
—Gris. Con un cable en espiral.
Asentí otra vez.
—¿Y la libreta?
—Está encima de la mesa.
—¿Qué más hay en la mesa?
—Un cenicero.
—¿Fumas?
—No.
—¿Tu madre?
—Tampoco. En casa los ceniceros están llenos de caramelos.
Recuerdo esos ceniceros, ambos de cristal, uno azul oscuro y otro transparente. Siempre había caramelos en ellos. Mi madre solo nos dejaba coger dos o tres a la semana. Siempre nos insistía en lo nociva que es el azúcar.
Necesitaba que él me dijera su nombre, necesitaba oírlo de su boca. Insistí inventándome un nombre a propósito:
—¿Te llamas Dani?
Se hizo un silencio.
—¿Cómo…?
—Sin más, se me ha ocurrido que quizá te llamas Dani.
—No me llamo Dani.
—Ya. Entonces, ¿cuál es tu nombre?
No me corrigió con su nombre real. Me dejó con la “incógnita” y cambió de tema:
—Oye. ¿Tú… tú escribes?
La pregunta me pilló por sorpresa.
—Sí.
—¿Historias?
—Sí.
—¿De viajes en el tiempo?
—Algunas, pero otras no.
—Vale.
Y de nuevo volvió el silencio y el extraño ruido de fondo hasta que habló:
—¿Qué pasa si…? Bah, da igual.
—No. Dilo.
—¿Qué pasa si esto ya ha pasado?
Me quedé mudo. Lo sabía. Intuía algo. Y entonces pregunté:
—¿A qué te refieres?
—A que… igual tú ya sabes lo que voy a decir. O lo que va a pasar.
—Yo no lo sé. ¿Por qué piensas eso?
—¿Seguro?
Me quedé callado porque realmente no estaba tan seguro. Mis viajes en el tiempo me habían perjudicado psicológicamente. En ese momento volví a sentir la sensación de desgaste y ansiedad que hacía meses había dejado atrás. Interrumpió mis pensamientos:
—En la libreta hay cosas escritas.
—¿Como qué? ¿Qué cosas?
—Fra… frases y u… unas fechas.
—Dime una.
Escuché cómo pasaba las páginas. Era como estar allí, en ese mismo espacio, pero en distinto tiempo.
—Mira, te leo una que pone: “No subas al coche ese día”.
—¿Qué día pone?
—No... no pone ninguno.
—¿Qué más?
—Aquí hay otra que pone: “No respondas a la llamada”.
Pensé que para esa ya había llegado tarde. Y así lo vislumbré:
—Llegamos tarde para esa.
—Ya.
—¿Hay alguna más?
Tardó unos segundos que para mí fueron eternos.
—Sí, aquí hay otra. Aunque no creo que la hayas escrito tú. A ver... “No intentes arreglarlo todo”.
—Sí la escribí yo.
—No.
—Sí, pero no con dieciséis años.
De nuevo silencio, silencio y aquel extraño ruido de fondo al otro lado de la línea.
—¿Entonces cuándo?
Me callé porque la respuesta podía crear una paradoja temporal. A pesar de ello, fui al grano:
—Oye, escúchame bien. Me has llamado con un número oculto, te he dicho mi puto nombre, llevamos más de media hora hablando y todavía no me has dicho cómo te llamas. Yo lo sé, sé quién eres, pero quiero que me lo digas TÚ.
—Oye, creo que ha entrado alguien.
Me incorporé y me dirigí de nuevo a mirar por la ventana. Entonces pregunté:
—¿Quién? ¿Quién ha entrado?
—No lo sé.
Escuché pasos al otro lado de la línea. No era el ruido extraño de antes.
—¿Estás solo?
No me respondió. E insistí:
—¿Estás solo? Joder, dime si estás solo. ¿Me oyes? Holaaaaa...
—No.
Empecé a escuchar interferencias en la línea. Supuse que aquella conversación se podía ir al garete. Y fue cuando me habló en un tono más rápido de lo normal.
—Manu, si eres yo…
De nuevo se hizo el silencio. Y me apuré:
—¿Hola? ¿Me oyes? ¿Holaaa?
—Sí, te escucho. Si eres mi yo mayor… ¿Merece la pena?
Joder, eso me lo dijo sin tartamudear, vocalizando, y lo escuché limpio. Pero me costó unos eternos segundos responder. Esperé para pensar en aquel coche al que no me subí, en las llamadas ocultas que dejé de coger, en las cosas que intenté arreglar y que indefectiblemente me rompieron un poco más. Joder, y en aquella libreta... Claro que me acuerdo de ella. Y fue entonces cuando le respondí:
—A veces. Solo a veces merece la pena.
—¿Solo a veces?
—Sí. Así es. Solo a veces…
Las interferencias y el ruido volvían a aparecer al otro lado de la línea. Y entre tanto ruido le escuché por última vez:
—Vale. Con eso que me dices es suficiente.
—Es lo que hay.
—Ya. Lo entiendo. Oye, Manu, muchas gracias por coger el teléfono.
Le noté triste. Quise decirle algo más. Alguna cosa que no le dejase mal sabor de boca, pero no pude hacerlo.
La llamada se cortó. Me quedé con el móvil en la mano, mirándolo, esperando que empezase a sonar otra vez, pero no lo hizo. Tampoco hubo una segunda parte. Nunca las hubo. Quizá esa llamada fuera esa segunda parte, quién sabe...
Esa noche apenas dormí. Pensé en aquella libreta con aquel número que algún día de mil novecientos noventa y pico escribí al azar. Concretamente, no recuerdo haberlo escrito, la verdad, pero sí recuerdo que solía terminar algunos escritos con unas series de nueve números que guardaban relación con algo que me había pasado los días anteriores. Le di mil vueltas a mi cabeza tratando inútilmente de recordar las frases y las fechas que anotaba en aquella libreta.
De madrugada abrí el armario del trastero. Saqué una de las cajas de cartón que tengo olvidada entre humedad y oscuridad. Entradas de conciertos, pulseras, trenzas de pelo de colores, pendientes, fotos viejas, papeles, servilletas escritas y con números y fechas anotadas en ellas... Y la libreta. ¿Cuándo la guardé ahí? Ni lo recuerdo. La abrí y en la primera página, con mi letra, estaba escrito: “Cuando no sepas qué hacer, llama”. Debajo de ella había un número escrito en aquella época; era el mío, coincidía con el de mi teléfono móvil. No me lo podía creer.
Cerré la libreta y la dejé donde estaba. Ahora, cada vez que suena el teléfono y es un número oculto, no tardo nada en cogerlo.
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