Soy la puerta (II)
«Escuchando el latido nocturno de la piedra nos esperan debajo de la tierra».
Este relato pertenece a la segunda parte del relato llamado «Soy la puerta» y que formó parte de una colaboración para el gran Pedro Gala.
Dicen que las segundas partes hay que hilarlas muy finas. He tratado de hacer esta lo mejor que he podido sin extenderme demasiado para no solapar a la anterior.
Espero que sea de vuestro agrado.
Volví a cruzar el espacio temporal sin pensarlo dos veces. Al entrar, el aire soplaba desde el otro lado. Siempre sucede así. Y esa sensación que parece indicar que el mundo se muere: “mundo muerto, mundo en paz”.
Esa ciudad vacía en la que el color había desaparecido. Las calles huecas con sus escaparates llenos de nada, los rótulos, coches cubiertos de mugre detenidos en mitad de las calles, hojas y suciedad por el suelo. Todo gris, sombras largas. Hasta el cielo, mezclado con un humo que salía por todas partes, parecía tener cierto aire apocalíptico. Todo era así en mis recuerdos.
No me sentía nada bien allí y decidí volver, pero la puerta... joder, la puerta. NO ESTABA. Solo quedaba una pared lisa. Traté de autoconvencerme de que todo estaba bien:
—Vale. Vale… no pasa nada. Tranquilo. Siempre hay una salida.
Mentira. Lo sabía. Caminé sin rumbo. Y lo noté; un tremendo latigazo punzante en mi antebrazo derecho hizo que me estremeciera de dolor. Me subí la manga y vi una herida que atravesaba la piel. El corte había sido tan intenso que había cortado una de mis dos pulseras. Y fue en ese momento cuando recordé las palabras de aquella niña: “Manu, cada viaje deja residuos”, pero hasta ahora no me había pasado. Quizá acumulaba demasiados viajes y mi cuerpo se empezaba a resentir. No lo supe.
Luego vinieron las voces. Al principio en forma de susurros, pero después solo eran palabras sueltas:
—Más rápido… No queda tiempo… Se rompe… Me duele…
Me tapé los oídos. Pero no se iban. Joder, aquellas voces no venían de fuera, sino de dentro de mi cabeza. Grité con todas mis fuerzas:
—¡CALLAOS!
Seguí caminando mientras la ansiedad volvía a mí; se apoderaba de mi cabeza mientras las voces aumentaban. Decenas o quizá cientos de niños hablando al mismo tiempo, superpuestos, pidiendo, señalando, susurrando cosas que yo no comprendía.
La cabeza me latía como si algo intentara salir de dentro de mi puto cráneo. Giré la esquina y vi muchos niños, más que antes. Ellos también dibujaban puertas con tizas en el suelo. Sus manos se movían muy rápido y los que estaban de pie se movían tan rápido que no los veía desplazarse, sino que aparecían y volvían a aparecer a pocos metros, todo muy rápido. Mi cabeza mostraba fallos en la percepción del tiempo; era como ver una película con cortes de segundos.
Observé el suelo; estaba lleno de puertas dibujadas a tiza.
Me acerqué a aquellos niños. Solo uno levantó la vista al pasar. Estaba de pie, un poco apartado, y este no dibujaba; solo me miraba con los brazos caídos y una tiza blanca en su mano.
Mi propia voz
Sentí un frío y la herida del brazo comenzó a doler más. Sabía quién era aquel niño, y aún así decidí acercarme a él.
El niño sonrió. Llevaba puesto mi pijama de Superman, el que yo tenía cuando era niño. Sus manos pequeñas eran las manos de mi yo de nueve años.
—¡Me cago en la leche! No... no puede ser.
El niño inclinó su cabeza. Y se dirigió a mí. Su voz era mi propia voz, pero más fina, más joven.
—Has tardado mucho.
—Eres… yo, ¿verdad?
—Eras.
El estómago se me cerró.
—Joder, esto no tiene sentido.
—Sí lo tiene. Tú abriste demasiadas puertas.
Miré alrededor. Los demás niños seguían dibujando puertas sin parar. El sonido de la tiza raspando el suelo era insoportable. Y le pregunté:
—¿Por qué estoy aquí?
—Porque ya no sabes volver.
Las voces volvieron a mi cabeza y gritaron al mismo tiempo. Me llevé las manos a las sienes. No lo soportaba, y con mis ojos cerrados les rogué:
—Haced que paren… por favor…
El niño negó despacio.
—No pueden, Manu. Son recuerdos que no han llegado a existir.
Sentí un dolor profundo en el costado, otro latigazo. Bajé la mirada y me levanté la camiseta; otra herida más, esta más profunda. Sangraba tanto que mi camiseta se empezaba a empapar en sangre. Respiré rápido y murmuré:
—Cada viaje… deja residuos.
—Te rompe un poco más, Manu.
—¿Por qué?
El niño me miró con compasión.
—¿Todavía no lo entiendes? Porque no viajas tú solo. Nos arrastras contigo.
La última puerta
El suelo vibró ligeramente. El aire olía a una mezcla de azufre y aguarrás. Algunas puertas dibujadas comenzaron a abrirse solas. Tras ellas solo había oscuridad.
Las voces ahora eran gritos:
—¡SE ACABA!
—¡NO QUEDA TIEMPO!
—¡CIERRA!
Me arrodillé llorando:
—No puedo más…
El niño se agachó frente a mí. Pude ver tan de cerca sus ojos... Eran exactamente los míos cuando aún creía que todo tenía arreglo, cuando corría por mi barrio y jugaba con mis amigos. Y me dijo:
—¿Sabes qué eres ahora?
—No, no lo sé.
Se acercó hasta quedar a centímetros.
—Ahora eres la última puerta.
La ansiedad me superó. Mis manos empezaron a temblar y un temor a lo desconocido se apoderó de mí. Miré mis manos. La piel empezó a agrietarse lentamente; unas líneas finas y negras recorrían mis brazos. Eran grietas que me quemaban. Miré a mi alrededor, traté de incorporarme, pero fue imposible. Allí arrodillado le pregunté al niño:
—¿Qué me está pasando?
—Te estás quedando.
—¿Quedándome dónde?
Señaló alrededor. Y siguió hablándome:
—Aquí, en la ciudad gris. Con los niños que dibujan las puertas infinitas. Aquí, Manu, donde van los viajeros cuando ya no pertenecen a ningún tiempo.
Traté nuevamente de levantarme, pero fue inútil; el cuerpo me pesaba toneladas.
—Tiene que haber una forma de volver… tiene que haberla…
El niño guardó silencio unos segundos. Luego, ante mi asombro, me respondió:
—Sí la hay.
Le miré desesperado.
—¿Cuál? Necesito salir de esta pesadilla.
Él sonrió por primera vez, pero con una sonrisa progresiva, pequeña.
—Que alguien te recuerde fuera.
El precio de ocupar el lugar de los que nunca regresaron
Las voces cesaron y se hizo un silencio, un silencio eterno, absoluto. Aquellos niños dejaron de dibujar al mismo tiempo y me miraron todos.
Luego lo supe; si el mundo al que pertenecía dejaba de recordarme, yo nunca habría existido allí.
El niño, mi yo pequeño, empezó a desvanecerse poco a poco. Su figura ya era translúcida:
—Espera, ¿qué pasa ahora?
—Ahora tú esperas al siguiente.
—¿Al siguiente qué?
—Al próximo que abra una puerta.
El cielo se oscurecía por momentos y, mientras las grietas y las heridas avanzaban por mi piel, las puertas comenzaban a abrirse una a una, alrededor.
No recuerdo la eternidad que estuve deambulando perdido. Durante toda aquella inmortalidad logré saber que las heridas no eran consecuencias de mis viajes en el tiempo. Las heridas eran el precio de ocupar el lugar de los que nunca regresaron.
Y fue entonces, solo entonces, cuando escuché, muy lejos, alguien leyendo mi nombre en voz alta. Caí en la espiral, en las voces, el mareo y desperté en mi casa, tal día como hoy; domingo 1 de marzo del año 2026.





Esa ciudad gris se parece al mundo cuando dejamos de ponerle corazón a lo que hacemos. Por suerte todavía quedamos locos plantando cara a la nada por un poco de verde. Me alegra que alguien leyera tu nombre, Manu.
😮💨 La vi cerca…